Maia Tarcic y su segundo libro, “Las cosas que parecen un error”, se cruzaron en la ruta. Mientras ella emprende el regreso a Buenos Aires, donde está radicada, los ejemplares viajan a Tucumán y en cuestión de horas poblarán los anaqueles. Una pequeña desincronía que Tarcic se toma con calma. A fin de cuentas, llevaba más de un año sin visitar el pago y pronto se encontrará con este volumen que la coloca en un lugar tan resonante como el catálogo de Penguin Random House. A esa editorial pertenece la colección de la que Tarcic ya forma parte, nombres que conforman una nueva generación de escritores.

Todo un logro para la tucumana que desde Villa Crespo hace pie en la literatura (“Besar una puerta” fue su primer libro), la dramaturgia (en Tucumán vimos la puesta de su “Bitácora”), el cine, la actuación, la gestión cultural y hasta el dictado de un taller literario llamado Hacelo por la historia.

- ¿Con qué se encuentra el lector cuando aborda “Las cosas que parecen un error”?

- Los demás lo catalogan como poesía. Yo no, tengo mucho respeto por los poetas (risas). Son relatos cortos, por ejemplo intentos de canciones que con ese formato no van a salir a la luz, porque con la guitarra no paso de los cuatro acordes. También cosas que voy anotando, por ejemplo mientras hablo por teléfono. También hay códigos QR que llevan al lector a cortometrajes que hice en clave poética. Lo que tienen en común es el formato “diario”, como un registro de esas sensaciones que después se te olvidan. De ahí “Las cosas que parecen un error” en el título. Los recuerdos suelen ser defectuosos, caprichosos, y no quiero que se escapen cosas del mundo que percibo. En la ficción también está lo autobiográfico, y eso de fluctuar entre la ficción y la no ficción es lo que más me interesa.

- ¿Lo del formato diario se relaciona con “Bitácora”?

- Sí. En ese caso se trata de una chica que se separa porque, más allá de no saber lo que quiere, sabe lo que no quiere. “Bitácora” es una reflexión sobre lo que es sentirse domesticado y no querer serlo. A fin de cuentas fue un texto premonitorio, porque en lo personal estoy en una etapa de transición, acomodándome. Como si lo hubiera escrito sabiendo en qué condiciones iba a estar en este momento.

- ¿Escribiste durante la pandemia o son textos anteriores al 2020?

- Mitad y mitad. Es raro, para mí fue una oportunidad de mirarnos para adentro. Me llené de trabajo y en ese aspecto no puedo quejarme, pero a nivel anímico resultó muy difícil. Extrañé mucho no venir a Tucumán para encontrarme con mi familia y con mis amigos. Me dio mucho miedo enfermarme y también sentí la necesidad de ser responsable por el otro, así que no podía salir. Me cuidé mucho. Desde lo creativo al principio estuve a full, pero la segunda mitad del año me agoté, no podía leer ni ver películas. Hasta me puse a aprender boxeo on line (risas).

- Trabajando a la distancia, ¿cómo se inserta Tucumán en tu proceso creativo?

- Mucho de lo que escribo está en los recuerdos. Siempre aparecen olores, texturas, imágenes. A mi infancia en Yerba Buena la tengo anarco, sin adultos alrededor, jugando con los chicos del barrio. En la adolescencia nos mudamos al centro y era un punto de encuentro con amigos, una época de libertad y exploración. Me fui de Tucumán a los 19 años con la necesidad de salir de un lugar al que percibía como un nicho, en el sentido de conocernos todos, y fue duro. Hoy es lindo volver, también emocionante, como pasó cuando vinimos a estrenar “Bitácora” en El Árbol de Galeano.

- ¿Cómo te repercute el ser editada por un sello como Penguin Random House?

- Es un halago que me hayan llamado, por lo general el proceso es inverso porque son las editoriales las que buscás y te van rechazando. Me contó mi editora, Maga Etchebarne, que vieron el boom de las jams de poesía y de ahí salió esta colección. Me encanta lo colectivo, hay autoras de estilos muy diferentes y tampoco sé quiénes serán las que siguen.

- Lo de las jams de poesía te toca de cerca...

- Sí, lo descubrí hace unos años cuando estuve en España, y me gustó tanto que cambié el pasaje de vuelta y me quedé un tiempo más. Vi que no era parecido a actuar, que recitar en vivo es una experiencia suprema. Esas jams te permiten acercarte a toda una generación de poetas y cuentistas que hacen cosas de lo más diversas. En Buenos Aires armamos el ciclo Diarios del Fuego, en el Club Cultural Matienzo. Un espacio íntimo, con poetas y músicos, y la posibilidad de que el público participara haciéndole una pregunta al universo y llevándose una respuesta.

- Actriz, cineasta, escritora, gestora cultural... ¿Qué elegís?

- Elegir siempre me angustia. Depende del momento. A veces tengo ganas de actuar y de hacer varias cosas a la vez; a veces necesito meterme para adentro y escribir. Es como los ciclos de la tierra, siembra y cosecha. Admiro a la gente que tiene un camino y sabe que va por eso. A veces la envidio.

- ¿No sentís que así tu energía se dispersa?

- No, siento que se amplifica.